Quiere finalizar este cuento?
Se anima a terminarlo?. No más de 15 líneas a partir de la línea punteada.
Mándela como comentario, lo publicaré y después vemos...como yo lo terminé
Don Per
Sea por lo que sea, José se pasaba la vida pidiendo perdón.Algunos del barrio lo explican. Explicaciones que les parecen científicas ya que algo leyeron en los diarios.
Dicen que su madre fue violada, o que provocó sexualmente a alguno de los muchachos. La cuestión es que esta piba de formación católica pero ligera de ropas, se la pasaba en la iglesia confesándose con un cura también ligero de sotana. Embarazada del violador, sintiéndose culpable, y como era ya cotidiano, parte del día lo dedicaba a hincarse frente a la virgen pidiendo perdón. Y aquí vino la explicación del Negro, ya estudiante de medicina, que decía que los chicos en la panza de su madre tienen sensaciones y que eso les queda grabado después del nacimiento.
Y nos daba un ejemplo: a él le gusta el tango y especialmente Ángel Vargas. Resulta que la vieja, mientras laburaba y lo gestaba se la pasaba escuchando a este Ángel, yo no lo conocía, cuando lo escuché en la casa del Negro me pareció una mina, cuando se lo dije el Negro me puteó.
Volviendo a José, por esas cuestiones con los hijos bastardos, no tuvo mucha atención de su familia, especialmente de su abuela, que lo despreciaba, y cuando él se daba vuelta le hacía los cuernos con la mano.
José no era de muchas luces, apenas terminó el primario y repitió el primero de la secundaria.
Nosotros lo aceptábamos en la barra un poco por lástima y otro poco porque nos divertíamos con el permanente perdón que salía de su boca con cualquier frase que articulaba.
José se pasaba los días de su vida pidiendo perdón. Perdón cuando cagaba, perdón cuando pasaba detrás de una dama, perdón cuando tropezaba, perdón antes de dormirse, perdón cuando comía.
Antes de cogerse a una puta, le pedía perdón.
Antes de pedir la palabra, antes de afeitarse, cuando se abrochaba la camisa. Cuando viajaba sentado en un colectivo y subía una anciana, pero no le daba el asiento. Cuando se retiraba del trabajo decía perdón, hasta mañana.
Los muchachos lo apodamos Don Per
Le pregunté a José porque esa necesidad de ser perdonado permanentemente, me contestó: perdón, así me lo enseñaron de chico.
Siempre pensé en esa palabra que salía de la boca de José y que a la postre sería funesta, era como distinta a las demás. Intenté encontrarle un significado, hueca y como que venia de las entrañas. Mucho más no.
Bahh... estudié algunas materias de filosofía y letras, pero cuando mi viejo murió seguí con su boliche de reparto de caramelos y galletitas, vivo bien, buena familia, una 4 x 4 y todo lo demás para ser feliz.
José creció como pudo y haciendo changas. Su madre, desesperada, le pidió a un municipal con el que cogía seguido que el consiguiera algún laburo en el hospital. Y así José comenzó a ayudar al patólogo del cual aprendió muchas cosas, preparaba piezas de biopsias, evisceraba cadáveres, los entregaba a sus deudos, todo por unos mangos que le daba la cooperadora.
José o Don Per, como quieran, respetaba mucho a la muerte expresada en esos cuerpos. En sus pobres fantasías pensaba que los muertos sentían algo, así que cada vez que empuñaba el bisturí o la sierra los miraba fijo, acariciaba sus frentes y, antes de proceder, les pedía perdón.
A medida que el tiempo pasaba, su pesar por los muertos se hizo obsesivo, pasaba noches sin dormir, pensaba en el nombre del muerto al que había eviscerado y pedía perdón. Al otro día leía sin falta los avisos fúnebres para ver si estaba su muerto.
Al año, más o menos, su obsesión se transformó en el seguimiento del muerto, cuando entregaba el cuerpo le preguntaba al de la cochería donde lo velaban. Por la noche pasaba por el velatorio, pedía perdón a diestra y siniestra saludando a los deudos, luego se acercaba al cajón, y repetía la ceremonia, poner la mano en la frente del cuerpo muerto y pronunciar perdón.
Después, cada vez, más dedicado, decidió asentar todos “sus muertos”, como el los llamaba, en un libro negro foliado en donde registraba el nombre y apellido, sexo, la edad, fecha de fallecimiento, lugar de velatorio y cementerio, dejaba un pequeño espacio para observaciones que le parecieran pertinentes, por ejemplo si tenía un tatuaje lo describía minuciosamente. Por último agregó una foto de los cadáveres que pegaba en las paredes.
Lo conocían en todos lo velatorios de Buenos Aires. Los empleados por orden de sus jefes, nunca preguntaron quien era, así surgieron versiones de que era un fiscal de la impositiva, mientras otras lo señalaban como practicante de algún rito o algún padre religioso.
Vivía en la habitación del fondo, en la casa de su abuela, ya muerta. Más que una habitación parecía una oficina sucia y oscura en desorden, libros negros, diarios acumulados, listas escritas y fotos en las paredes, según José las paredes vendrían a ser como decía, “un resguardo”, transcribía los datos de los libros a las paredes, si los perdía, las paredes eran su back up.
No conforme con recorrer “sus muertos” todas las noches hacía una pasada por los velatorios, aunque el finado o la finada no hubiese caído en sus manos. Se había trazado un camino hasta su casa que transitarlo le llevaba unas 2 horas y en cuyo trayecto había 4 velatorios.
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