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Ricardo V
Canaletti
Albert Fish, asesino de chicos
Era un viejo de aspecto
endeble, de cabello gris y bigote gris que engañaba a los chicos de los Estados
Unidos. Confesó unos cien crímenes. Lo ejecutaron en la silla
eléctrica.
Una mañana de julio de 1924 la señora Mc Donnell estaba sentada
en una silla mecedora en la puerta de su casa, en Staten Island, Nueva York. Su
hijo Francis, de ocho años, jugaba cerca con una pelota mientras su hija de
pocos meses gateaba a su lado. Hacía calor. No era una zona muy
poblada. La señora Mc Donnell observó por un instante la calle de tierra y le
llamó la atención un hombre que caminaba por el centro. Era un anciano de
cabello gris y gran bigote gris, delgado y no muy alto. Llevaba un traje viejo y
holgado, un sombrero bombín polvoriento y caminaba arrastrando levemente un
pierna. Andaba con los brazos colgados a los costados, casi pegados al
cuerpo. Abría y cerraba constantemente una mano; en la otra llevaba una bolsa.
Al pasar frente a la casa, saludó a la señora Mc Donnell descubriéndose la
cabeza. El viejo murmuraba cosas para sí. La señora creyó que el abuelo andaba
perdido. A la tarde, Francis se fue a jugar con cuatro amigos en una
zona descampada. A unos metros el hombre gris observaba. En un momento, Francis
quedó rezagado y vio que un abuelo simpático, de gran bigote gris, como su
cabello, lo llamaba. El anciano sacó golosinas de una bolsa y se las
dio. Nadie notó que Francis había desaparecido sino hasta la hora de la
cena. Lo encontraron al día siguiente en un bosque. Había sido estrangulado con
sus tiradores. Su padre apenas lo reconoció. El chico tenía como dentelladas. A
su madre la debieron sostener entre varios policías para que no viera el
nene. La muerte del pequeño Francis Mc Donnell quedó en el
olvido. El 23 de mayo de 1928, Edward Budd, de 18 años, puso un aviso
en el diario ofreciéndose para trabajar en el campo. Cinco días
después, un domingo, un hombre tocó a la puerta de su casa. Lo atendió Delia, la
mamá de Edward. Se trataba de un anciano de aspecto endeble. Se presentó como
Frank Howard, granjero, y quería hablar con Edward.Delia reparó en su cabello
gris, en su bigote gris y en una bolsa que llevaba. De inmediato, Howard
contrató al chico. Delia lo invitó a almorzar y su esposo, Albert Budd, estaba
encantado. Apenas se habían sentado a la mesa cuando entró una bonita
nena de grandes ojos marrones y cabello castaño. Gracie Budd, una de las hijas
del matrimonio, tenía nueve años. Entró feliz, cantando. Howard estaba
maravillado con la pequeña. De su bolsa sacó un dulce y se lo
dio. Cuando terminaron de almorzar Howard dijo que debía ir a la casa
de su hermana porque uno de sus sobrinos cumplía nueve años. Le dijo a Edward
que volvería a buscarlo y, para calmar su inquietud, le dio dos
dólares. Pero antes de irse se volvió hacia Delia y le preguntó si
podía llevarse a Gracie al cumpleaños. Le dio grandes seguridades de que la nena
estaría bien cuidada. Delia no sabía qué decir. Le pidió la dirección de su
hermana. Aun así no estaba segura y miró a su marido. "Deja ir a la pobre niña.
No se divierte demasiado", dijo el papá. Delia le puso un abrigo a Gracie y le
dio un beso en la cabeza. Los Budd nunca más volvieron a ver a su
hija. A la mañana siguiente Albert fue a hacer la denuncia de la
desaparición. La primera cosa que descubrió la Policía fue que la dirección de
la hermana del tal Howard no existía. Tampoco existía la hermana ni la granja ni
Frank Howard. Se asignaron veinte policías al caso, entre ellos el
detective William F. King. No hubo nada por entonces. Gracie y el hombre gris se
habían esfumado. Seis años después, King era el único detective que
seguía con la investigación. En octubre de 1934 decidió usar un recurso final:
dijo que el sumario iba a ser cerrado definitivamente. La prensa lo
difundió. Delia Budd recibió una carta el 12 de noviembre. "Mi querida
Sra. Budd: El 3 de junio de 1928 llamé a su casa. Almorzamos. Gracie se sentó a
upa mío y me dio un beso. Decidí comérmela. Con el pretexto de llevarla conmigo
a una fiesta (Usted le dio permiso) la llevé a una casa desocupada en
Westchester". El viejo le contaba a la mamá cómo había matado a su
hija. La carta no tenía remitente pero King averiguó que había sido
enviada por un hombre que alquilaba un cuarto en un edificio de la calle 52. El
detective habló con la portera y le dio la descripción del "señor Howard".
Coincidía con la de un viejo de cabellos grises y bigotes grises que se había
registrado como Albert Fish. Cuando King entró en la sala encontró a
Fish bebiendo una taza de té. —¿Usted es Albert Fish? —preguntó el
policía. El viejo confirmó con la cabeza. Se miraron. Sin bajar la
vista, Fish tomó lentamente una navaja de afeitar del bolsillo interno de su
saco y la sostuvo frente a él. King se enfureció. Los dos se seguían mirando a
los ojos. King, velozmente, agarró la muñeca de Fish y se la torció hasta
hacerle caer la navaja. —Ahora te tengo —le dijo el
detective. La confesión de Fish fue larga y pormenorizada. Una patrulla
se dirigió a la casa abandonada donde mató a Gracie. Hallaron los huesos de la
pequeña. King fue a buscar a Albert y Edward Budd para que
identificaran a Fish. Al llegar a la comisaría Edward no se pudo contener. Se le
echó encima y le gritó: "Viejo bastardo. Sucio hijo de puta". Los policías
tuvieron que hacerle un torniquete en el brazo para contenerlo. —¿Cómo
se siente? —le preguntó el psiquiatra Frederic Wertham, que entrevistó al viejo
en prisión. —No tengo particulares deseos de vivir, ni de ser
asesinado. Es una cuestión indiferente. No creo estar del todo
bien. —¿Eso quiere decir que está loco? —No, exactamente.
Nunca pude entenderme del todo... —¿Puede explicarse? —Siempre
tuve deseos de infligir dolor a otros y de que otros me provoquen dolor. Siempre
parecí disfrutar de todo lo que hace daño. Fish le confió una larga
historia de caza de chicos. Al menos cien. Y episodios de
canibalismo. ¿Quién era Albert Fish? Según su confesión, había nacido
el 19 de mayo de 1870 en Washington. A los 5 años su padre murió y su madre lo
mandó a un orfanato. "Allí comencé a estar mal —dijo—. Estábamos despiadadamente
derrotados..." A los 14 años se dedicó a lo que sería su oficio: pintor
de interiores. Se mudó a Nueva York y a los 26 años se casó con una chica de
diecinueve. Pero cuando el menor de sus seis hijos tenía tres años, la mujer lo
abandonó. Wertham y otros tres médicos propuestos por el defensor James
Dempsey dijeron que Fish estaba loco. A su criterio era un caso único de
perversión en los anales de la literatura psiquiátrica y criminal. Pero
los psiquiatras del fiscal Elbert F. Gallagher opinaron todo lo contrario.
Siempre supo lo que hacía, planeó el engaño a los Budd, llevó a la pequeña a un
lugar apartado, preparó el lugar del crimen y lo ejecutó con plena
conciencia. El juicio por el secuestro y muerte de Gracie Budd comenzó
el lunes 11 de marzo de 1935 en Nueva York. Al tercer día se llevó al
estrado una caja con los restos de Gracie. El detective King relató cómo había
sido asesinada. Y entonces Gallagher abrió la caja y levantó con una mano la
calavera de la nena. El juicio duró diez días y menos de una hora la
deliberación del jurado. La perspectiva de la silla eléctrica tuvo su
atractivo para Fish. "Sus ojos brillaban...", escribió un periodista del Daily
News. Fish se levantó de su asiento y agradeció al juez: "Qué alegría. La de la
silla eléctrica será el último escalofrío. El único que todavía no he
experimentado". Fue ejecutado el 16 de enero de 1936 |
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